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Cuando el rey se quiebra

Toda enfermedad era signo, presagio, crisis. 

La historia de la monarquía hispánica no puede sólo leerse a través de batallas, decretos y conquistas; también es la historia silenciosa de cuerpos tensados por conflictos internos, dolores inexplicables, melancolías, delirios y fragilidades ocultas tras el brillo de la corona. 

El rey, figura solemne, encarnación del Estado, se convierte a veces en el espejo tembloroso de una nación entera, y su enfermedad —física o mental— es capaz de alterar destinos, decretar guerras o desatar crisis sucesorias. El caso del príncipe don Carlos, de Carlos II y de Felipe V (siglos XVI, XVII y XVIII) es paradigmático: tres figuras distantes en el tiempo, unidas por el hilo oscuro de la vulnerabilidad psíquica y biológica, tres modos distintos de quebrarse, tres cuerpos que en su deterioro revelan fisuras del orden político.

Príncipe don Carlos, Carlos II y Felipe V.

No se trata de caer en el morbo ni en el fácil diagnóstico retroactivo que tanto tienta a la historiografía contemporánea, sino de comprender cómo los estudios actuales en genética, neurociencia, salud mental y psicología del liderazgo permiten interpretar de manera más rica esos episodios que la crónica oficial guardó con pudor, con temor o con manipulación. El objetivo no es diagnosticar, sino iluminar: ofrecer una mirada que combine rigor documental, densidad conceptual y sensibilidad literaria para comprender qué significa que el cuerpo del rey —literal y simbólicamente— se resquebraje.

Desde finales del siglo XX, y especialmente en las últimas dos décadas, diversas investigaciones científicas han replanteado la manera de entender la salud mental y física en figuras de poder del pasado. Los estudios sobre genética histórica, como el célebre análisis de la endogamia en los Habsburgo publicado en Nature Communications por Gonzalo Álvarez y colaboradores1, han demostrado que los linajes reales pueden estudiarse como poblaciones biológicas sujetas a presiones evolutivas particulares.

Esa serie de matrimonios consanguíneos, repetidos durante generaciones, condujo a una acumulación de coeficientes de endogamia que hoy pueden correlacionarse con fenotipos clínicos severos2. En paralelo, disciplinas como la psiquiatría cultural, la psicología del liderazgo y la biología del estrés crónico han permitido aproximarse a la posibilidad de comprender cómo determinados individuos, sometidos a una estructura de poder absolutista, un entorno hipervigilante y una red de expectativas imposibles, pudieron manifestar síntomas que hoy entenderíamos como delirios somáticos, trastornos afectivos o síndromes neurológicos.

Dentro de ese marco teórico contemporáneo se inscribe la figura del príncipe Don Carlos, hijo de Felipe II. Nacido en 1545 dentro del más sólido andamiaje de poder de la Europa católica, don Carlos vino al mundo con signos físicos y cognitivos que inquietaron desde temprano a su entorno. Los datos sobre su infancia —torpeza motriz, dificultades para el habla, comportamiento errático— han sido reinterpretados por especialistas modernos como indicios de afectaciones neurológicas tempranas3. A ello se sumó el célebre accidente de 1562, cuando resbaló de una escalera y se golpeó la cabeza, fracturándose el cráneo. Fue un evento paradigmático: durante meses estuvo al borde de la muerte, sometido a tratamientos que hoy consideraríamos rudimentarios y que probablemente agravaron el daño. Diversos artículos de neurohistoria han sugerido que este trauma craneoencefálico pudo desencadenar un síndrome orgánico de la personalidad, caracterizado por cambios bruscos de humor, impulsividad, agresividad, alteraciones del juicio y dificultades cognitivas4. Tras el accidente, se registra un aumento significativo en su conducta violenta: agredía a sirvientes, se mostraba errático, tenía estallidos de ira irrefrenable y desarrolló un profundo resentimiento hacia su padre.

José Uría y Uría. (1881). El príncipe don Carlos y el duque de Alba. Museo del Prado.

Desde una perspectiva psicológica contemporánea, la figura del príncipe Carlos encarna lo que en la literatura clínica actual se denomina la desorganización del yo tras un daño cerebral. Su realidad comenzó a fracturarse y su entorno cortesano, lejos de contenerlo, la convirtió en un teatro de vigilancia y sospecha. La corte interpretó su conducta desde categorías morales o demonológicas, no desde lo neurológico. 

Sus impulsos homicidas, su incapacidad de autocontrol, sus ansias de fuga y sus episodios paranoides —como la creencia de que Felipe II quería asesinarlo— se transformaron en motivos de decisiones políticas. El rey, convencido de que su hijo representaba una amenaza para la estabilidad del Estado, ordenó su encierro. La muerte del príncipe, aún envuelta en controversias, puede leerse hoy desde la biopolítica foucaultiana: el cuerpo enfermo del heredero se convirtió en un cuerpo improductivo, peligroso, sometido a disciplina, medicación, hambre, aislamiento5. Su figura es un recordatorio de la doble dimensión de la enfermedad en la realeza: lo que empieza como patología individual deviene problema político.

Peter Johann Nepomuck Geiger. La detención de Carlos de Austria (1545-1568) (Don Carlos) hijo de Felipe II de España en 1568 por los hombres de su padre (Carlos, Príncipe de Asturias hijo mayor y heredero del rey Felipe II de España encarcelado por su padre a principios de 1568).

Si Don Carlos representa el cuerpo herido y la mente fracturada por lesión, Carlos II representa el límite biológico de una dinastía. Carlos II, “El Hechizado”, nacido en 1661, es quizá la figura más estudiada desde la genética contemporánea. El trabajo sobre la endogamia Habsburgo demuestra que Carlos II tenía uno de los coeficientes más altos registrados en la historia de la realeza europea, equivalente al de un producto de incesto entre padre e hija.

John Closterman. (1699). Retrato de Carlos II de España en traje de caza.

Esto no solo es un dato anecdótico; es también una explicación científica profunda. La endogamia repetida durante generaciones aumentó la probabilidad de mutaciones y del deterioro en parámetros inmunológicos, endocrinos y neurológicos. Hoy se sospecha que Carlos II padeció hipopituitarismo (eficiencia bioquímica de una o más de las hormonas producidas en la hipófisis), enfermedad celíaca (trastornos en el intestino), diversas neuropatías y una serie de insuficiencias endocrinas que afectaron su desarrollo sexual y cognitivo6.

Las crónicas de su infancia mencionan que no caminó hasta los cuatro años, que su musculatura era débil, que sufría infecciones recurrentes y que tenía una apariencia enfermiza. Desde la neuropsicología actual, su desarrollo tardío podría interpretarse como resultado de una deficiencia hormonal congénita. Las dificultades del habla, los episodios convulsivos y la escasa coordinación motriz encajan con diagnósticos neurológicos que hoy se manejan con relativa claridad.

Sin embargo, el elemento más fascinante desde un punto de vista contemporáneo es cómo su enfermedad física fue interpretada en su época como signo de decadencia moral, política y espiritual. La obsesión de su círculo por explicarlo todo mediante hechizos, maldiciones y posesión demoniaca revela más sobre la cosmovisión del barroco español. En particular, el episodio de las monjas endemoniadas de Cangas del Narcea (Asturias) en 1698, investigado y reconstruido en mi ensayo “Muchos me dicen que estoy hechizado, y yo lo voy creyendo…” (Revista Coágula) cobra una dimensión simbólica y diagnóstica crucial. Tres religiosas dominicas afirmaron estar poseídas, y a través de interrogatorios de índole exorcista, narraron que habían participado en rituales demoniacos destinados a dañar al rey. Una de las confesiones sostenía que el hechizo que corroía a Carlos II provenía de un brebaje servido por su propia madre: chocolate mezclado con “huesos de ajusticiados” para arruinarle la salud, la virilidad y la capacidad de gobernar.

Francisco de Goya. (1788). San Francisco de Borja y el moribundo impenitente. Catedral de Valencia, España.

Este caso no sólo revela el imaginario demonológico del siglo XVII, sino también cómo la enfermedad del rey era interpretada como territorio político en disputa: el cuerpo real aparecía como campo de batalla espiritual, biológico y simbólico. El hecho de que las monjas afirmaran hablar “desde dentro de los demonios” que supuestamente habitaban al rey, manifiesta la forma barroca de comprender la enfermedad como posesión, como señal de una estructura cósmica rota. Este episodio, si se mira desde la psiquiatría y la antropología del cuerpo, muestra cómo el deterioro físico de Carlos II se transformó en un relato colectivo de culpa, castigo divino y conspiración.

La autopsia de 1700, registrada por médicos profesionales y citada en múltiples estudios modernos, reveló anomalías severas: corazón pequeño, órganos atrofiados, un solo testículo “negro y petrificado”, signos de hidropesía craneal. Desde la medicina forense actual, todo ello apunta a una combinación de insuficiencia endocrina y enfermedades congénitas agravadas por infecciones crónicas. 

Pero si lo físico en Carlos II domina el relato, no debe minimizarse la dimensión mental. Aunque no mostró delirios o conductas tan espectaculares como otros monarcas europeos, sí manifestó vulnerabilidad cognitiva, sugestionabilidad extrema y un estado mental frágil que lo volvía presa de manipulaciones políticas. Su dependencia emocional de figuras cortesanas, su dificultad para comprender informes complejos, su tendencia a la melancolía y su intensa ansiedad religiosa pueden hoy interpretarse como efectos secundarios de su deterioro general7

El rey vivía en un estado de hipervigilancia emocional, rodeado de facciones que disputaban el control de su persona y de su firma, un entorno tóxico que potenciaba estados depresivos o de retraimiento cognitivo8.

A diferencia de Carlos II, Felipe V representa un tipo de quiebre distinto: el quiebre del ánimo, de la percepción, de la tonalidad afectiva. Primer Borbón en España, coronado en 1700, Felipe V encontró un reino exhausto tras la muerte del último Habsburgo, y su reinado se vio marcado no sólo por guerras internacionales sino por batallas internas de su propio sistema nervioso.

Aquí no hay signos de patología congénita severa ni lesiones tempranas. Lo que hay es un conjunto de síntomas que, desde la psiquiatría moderna, apuntan con alta probabilidad a un trastorno afectivo bipolar. Las fuentes contemporáneas registran episodios de profunda tristeza, llanto incontrolable, insomnio extremo, pérdida del apetito, seguidos de periodos de exaltación, energía desbordada, impulsividad y decisiones repentinas9.

Retrato de Felipe V expuesto de cabeza en el museo de Almudín de Játiva.

El caso más célebre —y el más literario— es el episodio en el que Felipe creyó convertirse en una rana. Las crónicas señalan que temía saltar sin control, que suplicaba que lo envolvieran en mantas para evitar “metamorfosearse” y que rechazaba acercarse al fuego y al agua por temor a reaccionar como un anfibio. Esta conducta encaja con un delirio somático, una alteración de la percepción del propio cuerpo documentada en trastornos psicóticos breves o episodios maniacos severos. El miedo no era simbólico; era físico. El rey sentía que su cuerpo cambiaba, que su realidad interna desbordaba los límites de la biología. Su identidad corporal se desintegraba momentáneamente, revelando un quiebre profundo en la sensación de unidad del yo10.

RTVE.es. «Curiosidades del capítulo 17 de El Ministerio del Tiempo Felipe V: el rey que se creía una rana o un muerto«.

A este cuadro debe añadirse otro episodio extraordinario: aquel en que intentó montar los caballos de sus propios retratos ecuestres o de los pintados por Velázquez. En los aposentos reales colgaban pinturas monumentales que representaban al monarca sobre un caballo brioso, en pose heroica y triunfal. Durante uno de sus accesos de delirio, Felipe V intentó literalmente encaramarse sobre los lienzos, tratando de subir al caballo pintado, como si la imagen tuviera capacidad de sostenerlo o de restaurar su propia autoridad quebrada. El intento de “montar al caballo del retrato” era un gesto desesperado por habitar la imagen del rey cuando el rey real, el rey corporal, se desmoronaba.

Louis-Michel van Loo. (1737). Felipe V de España a caballo.

Felipe V vivió numerosos episodios depresivos que lo llevaron a retirarse por largas temporadas, delegando el gobierno en Isabel de Farnesio. El contraste con Don Carlos y con Carlos II es evidente: en él no hay malformación, deterioro físico ni insuficiencia endocrina. Hay, en cambio, una tormenta interior. Su cuerpo no se hunde; su ánimo sí. Y aun así, la enfermedad mental de un rey produce efectos políticos concretos. La crisis afectiva de un monarca absoluto altera decisiones militares, relaciones diplomáticas, nombramientos, estrategias fiscales. Es por ello que la historia de la enfermedad en la realeza es también la historia de la geopolítica emocional del poder.

Tres figuras, tres modos de quebrarse: uno por lesión neurológica (Don Carlos), otro por colapso biológico multigeneracional (Carlos II), otro por ruptura afectiva y psíquica (Felipe V). Y sin embargo, comparten un hilo común: el rey o el heredero como cuerpo expuesto, como organismo sometido a presiones simbólicas y materiales que rebasan al individuo. La monarquía absoluta operaba bajo la premisa teológica y jurídica de que el rey tenía “dos cuerpos”: el cuerpo natural y el cuerpo político. Cuando el primero fallaba, el segundo se resentía. Toda enfermedad era signo, presagio, crisis. 

Toda debilidad física era metáfora del estado del reino. Este marco interpretativo, aunque hoy nos resulte ajeno, condicionó la manera en que se manejaron —o se ocultaron— los deterioros de Don Carlos, de Carlos II y de Felipe V.

La historiografía reciente ha mostrado interés en comprender cómo estas figuras pueden ser reinterpretadas a la luz de la ciencia contemporánea sin caer en determinismos vulgares. No se trata de decir que Carlos II era “inevitablemente” enfermo por la endogamia, o que Felipe V “simplemente” padecía bipolaridad. Se trata de explorar cómo las nuevas disciplinas abren posibilidades hermenéuticas para entender la relación entre enfermedad y poder. 

La psicología del liderazgo, por ejemplo, ha documentado cómo los trastornos afectivos pueden influir en la toma de decisiones, el procesamiento de información y la percepción del riesgo. La biología del estrés muestra cómo los contextos de hipervigilancia política pueden alterar circuitos neuroendocrinos. La epigenética sugiere que la vida cortesana —marcada por privaciones de sueño, presiones constantes, rituales interminables— puede modificar expresiones génicas relacionadas con el ánimo y la inflamación.

Gustave Doré, «El grito de alarma».

Si aplicamos estos marcos conceptuales a los tres personajes, obtenemos interpretaciones más matizadas. Don Carlos no fue sólo un joven violento y desequilibrado; fue un paciente neurológico maltratado por terapias invasivas, cuyo comportamiento fue leído desde categorías morales y no clínicas. 

Carlos II no fue únicamente “El Hechizado”; fue el resultado de un proceso biológico histórico —la endogamia dinástica— que hoy puede medirse científicamente. 

Felipe V no fue simplemente un rey caprichoso y melancólico; fue un hombre que experimentó episodios afectivos profundos, en un entorno sin lenguaje psiquiátrico para explicarlos.

La literatura también ilumina este territorio. Stefan Zweig11 decía que los momentos en que el individuo se quiebra son los más reveladores de la historia humana. En estos reyes quebrados descubrimos la monarquía europea en crisis, la teología del poder fatigada, la transición entre dinastías y la fragilidad de la idea del soberano como figura casi sacra. La enfermedad, lejos de ser una nota al pie, es un capítulo central de la historia del poder. Y allí donde los cronistas del Siglo de Oro veían demonios, o los cortesanos del XVIII veían excentricidades, hoy vemos procesos biológicos, afectivos, psicológicos, que hacen a los reyes más humanos y, paradójicamente, más trágicos12.

La fragilidad humana, amplificada por el absolutismo, se convirtió en fragilidad del Estado. Así, estudiar la mente y el cuerpo de estos personajes no solo es curiosidad médica: es comprender cómo el destino político de un continente estuvo, durante siglos, suspendido del equilibrio precario del sistema nervioso de un solo hombre.

Quizá la enseñanza más valiosa es que la historia del poder es también la historia del dolor. Y que allí donde la corona brilla, siempre late un cuerpo vulnerable.

Bibliografía

  1. Ceballos, F. C. y Álvarez, G. (2013). Dinastías reales como laboratorios de endogamia humana: El caso de los Habsburgo. PLOS ONE, 8(1), e51798 https://www.nature.com/articles/hdy201325 ↩︎
  2. Vázquez, FL, y Reinaldo, J. (2017). Diagnóstico retrospectivo del trastorno bipolar en monarcas europeos. Revista de Historia de la Psiquiatría, 28(3), 347–365. ↩︎
  3.  Parker, G. (2013). Felipe II: La biografía definitiva. Editorial Planeta. 
    ↩︎
  4. Cabrera, M. (2011). El infante Don Carlos: patología, política y mito en la corte de Felipe II. Revista de Estudios del Siglo XVI, 24(3), 55–79. ↩︎
  5.  Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores.
    ↩︎
  6.  Contreras, J. (2016). Carlos II y la enfermedad real: interpretación médica e histórica. Revista de Historia Moderna, 34(1), 101–128. ↩︎
  7. Martínez Ruiz, J. (2006). Los ecos trágicos del heredero: Don Carlos y la construcción del monstruo político. Siglo XXI Editores. ↩︎
  8.  Kristeva, J. (1989). Sol Negro: Depresión y Melancolía. Columbia University Press.
    ↩︎
  9. Callahan, W. J. (1984). Felipe V y la crisis del absolutismo español. Cambridge University Press. ↩︎
  10. González de Zárate, J. (2002). La melancolía del rey: enfermedad, retiro y crisis afectiva en Felipe V. Historia y Vida, 45(6), 21–37. ↩︎
  11.  Zweig, Stefan (2016). Momentos estelares de la humanidad. Acantilado.
    ↩︎
  12. Alonso, D. (2012). Demonios, exorcismos y mentalidades en la España Barroca. Editorial Crítica.
    ↩︎

fernando Montoya

Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto, Bilbao, España, y maestro en Filosofía Política por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus escritos han sido publicados en el Instituto de Investigaciones Sociales y en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; Instituto Matías Romero; en el ITAM; en la Universidad Iberoamericana, en Foreign Affairs, entre otros. Igualmente, en revistas de divulgación como Librerías Gandhi, Tierra Adentro y en Opera Mundi.

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