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La penumbra de la fe

By the pricking of my thumbs, something wicked this way comes.

Segunda bruja, Acto 4, Escena 1, Macbeth de W. Shakespeare.

María Ana Gallegos […] le respondió; que era para malefissiar, a Antonio López, […] y una noche […] y aviendo llegado, a la casa, se quedó él, parado detrás de dicha casa, como quatro passos y la dicha María Ana, luego al punto, se transformó, en figura de coyote, para entrar a la casa, a malefissiar […]”.

Esta frase, extraída de una de las declaraciones del expediente contra María Ana Gallegos, de Pénjamo, Guanajuato, en el año 1737, condensa la esencia del conflicto que el Catálogo razonado de expedientes virreinales: Hechicería en el siglo XVIII en Michoacán ha puesto bajo la luz de la academia contemporánea. 

Lo que para la justicia institucional era una «superstición escandalosa» o un trato con lo oculto, para los procesados no era más que una técnica de supervivencia afectiva o económica. El Catálogo razonado de expedientes virreinales: Hechicería en el siglo XVIII en Michoacán es una iniciativa de vanguardia impulsada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Este proyecto emana directamente del Laboratorio Nacional de Materiales Orales (LANMO), bajo la coordinación y visión de Cecilia López Ridaura, quien, junto a un equipo interdisciplinario, ha logrado sistematizar un acervo que permanecía bajo el resguardo del Archivo Histórico de la Casa de Morelos, en Morelia1

La creación de esta plataforma representa un hito en la digitalización de fuentes primarias y consolida un espacio de consulta crítica donde convergen la paleografía, la historia de las mentalidades y el análisis del discurso jurídico novohispano, devolviendo a la luz pública procesos que, durante siglos, quedaron sepultados por la burocracia del Santo Oficio. Más allá: nos permite hoy asomarnos a estas vidas como anécdotas de un pasado bárbaro y el registro de una resistencia humana frente a un poder que buscaba legislar sobre la intimidad y el deseo.

La historia de la persecución inquisitorial (tanto en España, Portugal, Italia como la Nueva España) representa una suma de respiraciones interrumpidas y de nombres atrapados en el proceso judicial. Si en mi análisis «Jacobo Estuardo: Bajo la sombra de las brujas» (haz clic aquí), explorábamos cómo la paranoia de un monarca construyó una arquitectura del terror en Escocia, lo hacíamos apoyados en la labor de proyectos como «Witches of Scotland». Esta iniciativa, impulsada en 2020 por la abogada Claire Mitchell y la escritora Zoe Venditozzi, marcó un hito al exigir el perdón público, el reconocimiento de inocencia y la creación de un monumento nacional para las mujeres masacradas durante el reinado de Jacobo. Hoy, ese mismo espíritu de justicia histórica encuentra un eco fundamental en el Catálogo de expedientes virreinales sobre la hechicería en el Michoacán del siglo XVIII. Este proyecto, coordinado por las académicas de la UNAM, permite que la disección del miedo institucional que iniciamos en Escocia, aterrice ahora en suelo novohispano, transformando el archivo muerto en un acto de memoria viva.

El diablo como encarnación cristiana del mal. Códice Florentino, lib. X, f. 41r. Digitalización: Raíces. Imagen: Arqueología mexicana.

La literatura sobre el tema, desde los trabajos de Julio Caro Baroja en Las brujas y su mundo hasta las tesis de Silvia Federici en Calibán y la bruja, ha insistido en que la persecución de la hechicería es, en esencia, una herramienta de disciplina social. En las regiones de Michoacán, Guanajuato, San Luis Potosí, Colima, Guerrero y Jalisco del XVIII, esta premisa se manifiesta con una crudeza singular. Aquí, la hegemonía católica no solo luchaba contra el demonio, sino contra la pervivencia de una cosmogonía indígena que se negaba a morir y que se hibridaba con las prácticas mágicas de la población negra y mulata. El catálogo de la UNAM funciona como una lente que enfoca estos roces culturales, donde el acto de «hechizar» era a menudo el último recurso de los desposeídos para obtener una justicia que la ley virreinal les negaba.

Al adentrarnos en los expedientes específicos que las investigadoras han sistematizado, encontramos una narrativa de la desesperación. El caso identificado como “Manuela Chavira, negra presa por hechicera” que detalla la elaboración de muñecos de trapo, nos remite directamente a lo que el antropólogo James Frazer denominó en La rama dorada como «magia homeopática»2. En Michoacán novohispano, estos objetos no eran meras curiosidades. Se cosían cabellos, se usaban fragmentos de ropa sudada y se enterraban figuras en lugares sagrados o liminales. Para la autoridad eclesiástica, esto era una evidencia irrefutable de un pacto diabólico, pero para el historiador moderno, es el rastro de una psique colectiva que buscaba desesperadamente controlar lo incontrolable: la fidelidad de un amante, la salud de un hijo o la ruina de un patrón abusivo.

Es fundamental que el lector, al navegar por estas líneas, se permita cotejar la estructura de este fenómeno con los procesos escoceses de finales del siglo XVI. En ambos contextos, la mujer es el blanco predilecto. Sin embargo, en el Michoacán del XVIII, la misoginia se cruza con el racismo sistémico. El expediente de María Antonia3, mulata radicada en Celaya, es paradigmático. No se le acusa solo de usar hierbas, sino de poseer un conocimiento que desafiaba la lógica del Real Tribunal del Protomedicato, institución sanitaria oficial del Imperio Español. Su saber sobre el peyote y otras plantas psicotrópicas era interpretado como una «comunicación ilícita». Aquí resuena la advertencia de Michel Foucault en Historia de la locura: el poder no busca la verdad, sino la producción de un discurso que le permita segregar lo que no comprende. María Antonia no era una criminal en el sentido moderno; era una depositaria de una memoria ancestral que la Inquisición necesitaba demonizar para consolidar su control territorial.

Dibujo adjunto a la denuncia del clérigo don Agustín de Ayala
contra José Mariano de Ayala. Fuente: Archivo General de la Nación, Instituciones Coloniales, Inquisición,
v. 1136, exp. 1, f. 217.

El catálogo nos revela también casos de una complejidad psicológica fascinante, como el de Juana (Castrillón)4, radicada en Zamora. En su expediente se señala que fue acusada junto con otras mujeres de usar diversos objetos supersticiosos para maleficiar: “Que a Gerónima, mulata, libre, casada con Francisco López, […] le quito uno güesos de muerto y unas piedras ymán; y que no está sierta que le olló desir que le avía quitado a la dicha un páxaro muerto que llaman chuparrosa […] son mujeres malébulas, supertisiosas, que cargan herbas y otros mengurges de supertición y esto es común entre todas las mulatas […]”.

«De Albarazado, y Salta atrás, sale Tente en el aire», autor: José Joaquín Magón.

Como se observa, la acusación de hechicería funciona como un mecanismo de limpieza social. Juana representa a la mujer que no se ajusta al molde de la «recogida» o la «buena esposa». El rumor, esa «fama pública» que tanto peso tenía en el derecho canónico, se convierte en el arma principal. En el buscador de autoridades del Catálogo, se observa cómo comisarios locales y notarios construían el caso basándose en testimonios de oídas. No había presunción de inocencia; la sola sospecha de haber visto a alguien «haciendo polvos» o «pronunciando palabras extrañas» bastaba para iniciar una investigación que podía durar años, consumiendo la reputación y los pocos bienes de la acusada.

Otro eje narrativo fundamental en este trabajo es la figura de la víctima. Al consultar el buscador de víctimas, se percibe una sociedad sumida en una hipocondría espiritual. Cualquier infortunio (una plaga en la cosecha de maíz, la muerte repentina de una mula, un dolor de muelas que no cedía, bailes poco usuales) era atribuido a una mano ajena a la ortodoxia católica. El expediente sobre María Guzmana y Márgara de Gloria, asentadas en San Miguel el Grande, en Guanajuato5, nos sumerge en una de las tramas más alucinatorias del Michoacán virreinal. La acusación nace de la cotidianeidad herida; un tendero, Francisco Javier García, se niega a fiar una mercancía, desatando la amenaza de la Guzmana, quien le advierte que “se habría de acordar de ella”. Lo que sigue es una descripción clínica del miedo: el hombre desarrolla una hinchazón inguinal y una opresión cardíaca que lo sumerge en episodios de llanto, gritos y pérdida del juicio. Mientras el enfermo agoniza en su delirio, la narrativa del expediente cobra tintes surrealistas: testigos describen mujeres que bailan por el techo y desfiles de ratones armados con escopetas que cruzan la estancia, mientras la supuesta hechicera se apuesta en el patio para reírse y burlarse del dolor de su víctima: “y metiéndolos adentro de su cassa, cerraron la puerta y comenzaron las dos a bailar con tal encanto y arte de el demonio que, siendo ellas sólo dos, se les hicieron diez mugeres, las que en cueros, su modo de baylar era pegar los pies en las vigas y dar brincos por todo el quarto, de lo que quedó atemorizado dicho bermejo, durando dicho baile hasta como las quatro de la tarde, haviendo comenzado como después del medio día”.

Un tonalpouhqui o lector del libro de los destinos explica a la madre la suerte que tendría el niño si es ofrecido al agua en el día 10 conejo. Códice Florentino, lib. IV, f. 34v. Digitalización: Raíces. Imagen: Arqueología mexicana.

Sin embargo, detrás de este carnaval de lo fantástico, la estructura del proceso revela la verdadera arquitectura del control. A pesar de las visiones oníricas, al final el expediente se desvanece en un juego de sombras; la mujer señalada nunca es llamada a declarar y el legajo se limita a la acumulación de testimonios que buscan validar un estigma previo. La Guzmana ya cargaba con el peso de la reincidencia, habiendo sido azotada públicamente por el Santo Oficio, y su linaje era visto como un foco de infección supersticiosa: desde una tía, Manuela, que diagnosticaba maleficios en los caminos, hasta una sobrina que mantenía velas encendidas bajo el lecho. Casos como el de la gallina robada que aparece muerta y agusanada por arte de María, refuerzan la idea de que, en este sistema judicial, la realidad de los hechos era secundaria frente a la construcción de una identidad criminal basada en el linaje y el rumor.

El Catálogo también pone el foco en la burocracia del miedo. Los buscadores de lugares y autoridades nos permiten mapear cómo se distribuía el poder de vigilancia. Desde la majestuosa Valladolid hasta los rincones más apartados de la Tierra Caliente, la red de delatores y familiares de la Inquisición aseguraba que nadie estuviera fuera de alcance. Sin embargo, los expedientes también muestran grietas en el sistema. Hay casos donde los acusados utilizaban el propio lenguaje de la ley para defenderse, alegando ignorancia o «fragilidad humana», intentando navegar las turbulentas aguas del proceso judicial con una astucia nacida de la necesidad de supervivencia.

El cierre de este análisis debe ser una apelación a la memoria. Gracias al rigor de Cecilia López Ridaura, hoy podemos nombrar a quienes fueron silenciados. Al final de estos procesos, lo que emerge no es la sombra de Satanás, sino la luz de vidas humanas que resistieron como pudieron.

«Agnes Sampson and witches with devil», en The History of Witches and Wizards, 1720.

Al llegar al corazón de estos documentos, nos encontramos con historias de una soledad absoluta. Pienso en Juana de Jáuregui, que solo quería ser querida; en Gertrudis de Higareda, quien seguramente quiso salirse de un matrimonio violento; en Antonia del Río, en Gertrudis de la Cruz, y en tantos otros cuyos procesos terminaron en el destierro, el azote o la infamia del sambenito. Al rescatar sus historias, el catálogo de la UNAM cumple una función reparadora. Estos nombres, rescatados del olvido, son el testimonio final de que la verdadera hechicería nunca estuvo en las pócimas, sino en el poder de un sistema para decidir quién tenía derecho a existir y quién debía ser borrado bajo el peso de una infamia injusta.

Bibliografía

  1. Para consultar el Catálogo y sus expedientes, visitar: https://lanmo.unam.mx/brujeriayhechiceria/index.php ↩︎
  2. George Frazer, “La rama dorada. Magia y religión”, FCE, 1981, p. 399. Consultar: https://home.iscte-iul.pt/~fgvs/Frazer.pdf ↩︎
  3. https://lanmo.unam.mx/brujeriayhechiceria/acusados.php?id=37&cat=acusados ↩︎
  4. Expediente 13, Yerbas, piedras, huesos de muerto, polvos y chuparrosas  https://lanmo.unam.mx/brujeriayhechiceria/article.php?id=1&cat=expedientes ↩︎
  5. Expediente 17, Bailes llenos de encantos y artes del demonio (maléficas). https://lanmo.unam.mx/brujeriayhechiceria/article.php?id=6&cat=expedientes

    ↩︎

fernando Montoya

Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Deusto, Bilbao, España, y maestro en Filosofía Política por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus escritos han sido publicados en el Instituto de Investigaciones Sociales y en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; Instituto Matías Romero; en el ITAM; en la Universidad Iberoamericana, en Foreign Affairs, entre otros. Igualmente, en revistas de divulgación como Librerías Gandhi, Tierra Adentro y en Opera Mundi.

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