¿Por qué un vampiro necesita ser invitado a entrar?
La barrera simbólica
En la tradición folclórica, literaria y cinematográfica, se han establecido las características fundamentales de un vampiro. Éstas han variado con el paso de las épocas y las corrientes artísticas, pero las convenciones más reconocidas son: beber sangre de seres humanos, tener la condición de “no vivos” o ser inmortales,
el no poder estar expuestos a la luz del sol, no poder cruzar cuerpos de agua, no reflejarse en espejos, y la característica que nos atañe en el presente artículo: el no poder entrar en una casa sin ser invitados de manera expresa por uno de sus habitantes. ¿De dónde surgió y a qué se debe esta imposición?
Se sabe que los vampiros, además de ser seductores por excelencia, también son inteligentes y sumamente fuertes, así que el hecho de irrumpir en una propiedad privada no es precisamente un impedimento físico, sería ilógico. ¿Se trata, entonces, de un código de ética que estas criaturas respetan al pie de la letra? Suena inverosímil. Es, pues, una cuestión más bien simbólica.

Origen histórico
Al acercarnos a la literatura, nos encontramos con el que es considerado el primer estudio sobre vampiros. Se trata de un apartado dentro del libro De Graecorum hodie quorundam opinationibus (“Sobre ciertas opiniones actuales de los griegos”), del teólogo León Alacio (Leo Allatius), en cuyo capítulo 3, segunda sección, se hace referencia al brucolaco (Βρυκόλακας), como se le conoce en el folclor griego al vampiro. En él, Alacio menciona que, de acuerdo con las creencias populares, los vampiros no pueden dañar a la población o irrumpir en sus hogares, a menos que los propietarios respondan a sus seducciones. En dicha tradición, basta con abrir la puerta para que un vampiro entre; es decir, no sería necesario enunciarlo. Esta teoría tiene un trasfondo religioso, pues sirve de analogía para el libre albedrío con el que hemos sido dotados, y sirvió al teólogo como un estudio antropológico para observar cómo es que el catolicismo y las tradiciones ortodoxas eran asimiladas por la población, y cómo se mezclaban con sus propias creencias.
En el Romanticismo
La figura del vampiro se difundió por Europa, y su imagen decadente, seductora y revolucionaria sirvió a la perfección para la representación del movimiento romántico en buena parte de la pintura y la literatura. El Romanticismo exaltaba el sentimiento frente a la razón. También priorizaba el deseo de libertad genuina del individuo, las pasiones, la naturaleza y la subjetividad frente al neoclasicismo. Entonces, vemos cómo el hecho de abrirse a las pasiones, al deseo y a los placeres ya no vulnera al sujeto frente a los peligros de la maldad o el riesgo de no entrar al paraíso, sino que se trata más bien de una aspiración, una apertura a nuevas experiencias, una actitud social de descontento, de rebeldía y rechazo ante lo establecido, ante un sistema que no funcionó. Ahora, el permitir la entrada al vampiro ya no es un peligro, es incluso un deseo.

4 teorías
Con las breves aproximaciones históricas previas, podemos establecer 4 teorías del surgimiento y significado que implica la regla de dejar entrar a un vampiro.
Desde la tradición católica
En las fábulas sobre vender el alma al diablo, un individuo con conciencia y sistema de valores sabe lo que “está bien y lo que está mal”. Así, el vampiro es sólo una prueba para que la persona demuestre si es sincera con sus ideales. En “La creación de Adán”, de Miguel Ángel, ese pequeño movimiento que hace falta en el dedo del ser humano para tocar la divinidad simboliza justamente el libre albedrío; también el hecho de dejar pasar de manera explícita a un vampiro es un acto voluntario y consciente.

Lucha contra la naturaleza
Hay tres tipos de personas: quienes luchan contra sus pasiones y las reprimen; quienes sucumben frente a ellas y caen en la perdición, y quienes logran un equilibrio entre la razón y la emoción para disfrutar de ambas. Se puede dejar entrar al vampiro (al placer, al deleite) de manera consciente, como un personaje del Romanticismo, pero hay que tener voluntad y autoconocimiento para no dejarse consumir por completo.
La propiedad privada
Uno de los miedos más arraigados de la sociedad occidental (sobre todo en Estados Unidos, donde incluso en la constitución está establecido que pueden defender su casa con armas de fuego) es la irrupción a la propiedad privada. La casa funge como un símil del cuerpo y la mente, es un templo sagrado. La maldad no entra si una persona no lo permite, pero si, además, el sujeto manifiesta la invitación de manera verbal, entonces no hay salvación. En este caso, el miedo al vampiro es el miedo al ente extraño que se aloja en nuestro espacio más íntimo y succiona nuestra vitalidad como un parásito. Aquí, por tanto, también hay cabida para relacionarlo con los organismos patógenos que entran al cuerpo; así como con las ideologías disfrazadas de progreso que dañan y enferman a una sociedad (el miedo entonces se vuelve más tangible, ¿cierto?).

Narratología
Esta es una analogía personal. En toda historia, el protagonista decide si emprenderá el viaje al que está siendo invitado o no. A salir de su zona de confort. De acuerdo con el mitólogo Joseph Campbell y su modelo del viaje del héroe, hay un umbral de no retorno en donde el protagonista toma la decisión de aceptar el llamado (Spider Man al asumir el papel de justiciero; Shrek al salir hacia Dunlop para recuperar su pantano; los tripulantes de la Nostromo al investigar el origen del mensaje de ayuda). En el caso de los vampiros, el dueño de la casa decide dejar entrar a esta criatura, y ese es precisamente el umbral de no retorno para el propietario.
Nos despedimos en este artículo con una de las novelas de vampiros más propositivas de las últimas décadas: Déjame entrar, del sueco John Ajvide Lindqvist, donde podemos atestiguar justamente el momento en que el vampiro Eli es presionado por Oskar para entrar en su casa sin darle permiso, y entonces empieza a sangrar de manera profusa hasta que Oskar enuncia la invitación. En esta novela, se propone la figura de vampiro al nivel de un ángel: sin sexo. E incluso se compara con Dios, pues el nombre del vampiro es Eli, como las últimas palabras de Cristo en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? / Eli, Eli, lema sabachtani?”.

Si tienes otras teorías del significado o el origen de dejar entrar a un vampiro, compártenoslas en los comentarios. Y, desde aquí, nosotros enunciamos la invitación a nuestra manera: Asómate.





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